BIOGRAFIAS- EL HUMANISMO
TOMAS MORO
(Thomas More; Londres, 1478 - 1535) Político y humanista inglés.
Procedente de la pequeña nobleza, estudió en la Universidad de Oxford y
accedió a la corte inglesa en calidad de jurista. Su experiencia como
abogado y juez le hizo reflexionar sobre la injusticia del mundo, a la
luz de su relación intelectual con los humanistas del continente (como Erasmo de Rotterdam). Desde 1504 fue miembro del Parlamento, donde se hizo notar por sus posturas audaces en contra de la tiranía.
Su obra más relevante como pensador político fue Utopía (París,
1516). En ella criticó el orden político, social y religioso
establecido, bajo la fórmula de imaginar como antítesis una comunidad
perfecta; su modelo estaba caracterizado por la igualdad social, la fe
religiosa, la tolerancia y el imperio de la ley, combinando la
democracia en las unidades de base con la obediencia general a la
planificación racional del gobierno.
A pesar de haber mantenido en el plano teórico estas
aspiraciones premonitorias del pensamiento socialista, Moro fue prudente
y moderado en cuanto a la posibilidad de llevarlas a la práctica, por
lo que no combatió directamente al poder establecido ni adoptó posturas
ideológicas intransigentes.
Enrique VII,
atraído por su valía intelectual, le promovió a cargos de importancia
creciente: embajador en los Países Bajos (1515), miembro del Consejo
Privado (1517), portavoz de la Cámara de los Comunes (1523) y canciller
desde 1529 (fue el primer laico que ocupó este puesto político en
Inglaterra). Ayudó al rey a conservar la unidad de la Iglesia de
Inglaterra, rechazando las doctrinas de Lutero; e intentó, mientras pudo, mantener la paz exterior.
Sin embargo, acabó rompiendo con Enrique VIII
por razones de conciencia, pues era un católico ferviente que incluso
había pensado en hacerse monje. Moro declaró su oposición a Enrique y
dimitió como canciller cuando el rey quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón,
rompió las relaciones con el Papado, se apropió de los bienes de los
monasterios y exigió al clero inglés un sometimiento total a su
autoridad (1532).
Su negativa a reconocer como legítimo el subsiguiente matrimonio de Enrique VIII con Ana Bolena,
prestando juramento a la Ley de Sucesión, hizo que el rey le encerrara
en la Torre de Londres (1534) y le hiciera decapitar al año siguiente.
La Iglesia católica lo canonizó en 1935.
Su obra cumbre fue Utopía
(1516), en la que aborda problemas sociales de la humanidad, y con la
que se ganó el reconocimiento de todos los eruditos de Europa. Uno de
sus inspiradores fue su íntimo amigo Erasmo de Róterdam. La redactó durante una de las misiones asignadas por el rey en Amberes.El resto de sus obras es diverso pero siempre va engarzado por el hilo común del ensalzamiento del idealismo y la condena de la tiranía. Hay retratos de personajes públicos, como la Life of Pico della Mirandola ("Vida de Pico della Mirandola"), en realidad traducción de la autobiografía de este humanista italiano, reivindicador de la primacía de Platón frente a Aristóteles, o como la Historia Richardi Tertii (Historia de Ricardo III), una crítica despiadada (al oblicuo modo de Moro) del tirano que asesinó a su hermano mayor y a los hijos pequeños de Eduardo IV para asumir el máximo poder. Este trabajo se publicó en inglés y en latín, aunque la versión latina es bastante más extensa que la inglesa y fue por ello atribuida erróneamente al cardenal John Morton. Inspiró, sin duda, el Ricardo III de Shakespeare. El personaje resulta, pues, en manos de Moro, un triste antihéroe de la degeneración política, de la tiranía.
Compuso también poemas en lengua inglesa, entre los cuales destacan sus sinceros epicedios al fallecimiento de las reinas inglesas, y diversos epigramas de su juventud (Epigrammata) en los que brilla su pensamiento antiabsolutista. Para Moro, según Antonio Poch, la raíz de la tiranía se encuentra en la avaricia. La avidez de riquezas y la de poder se alimentan y excitan mutuamente.15 El rey, si no quiere ser tirano, debe por ello ser el buen custodio del rebaño que las impida:
- ¿Qué cosa es el buen príncipe? Es el can custodio del rebaño, que ladrando ahuyenta a los lobos. ¿Y qué cosa es el mal príncipe? Precisamente es el lobo / Quid bonus est princeps? Canis est custos gregis... Quid malus? Ipse lupus (Epigramma IX)
- Aquellos que el tirano señorea como siervos, el rey los estima como hijos / Servos tyrannus quos regit / rex liberos... putat suos.
Además de escritos en defensa de la Iglesia de Roma, también escribió sobre los aspectos más espirituales de la religión. Así, se encuentran escritos como Treatise on the Passion ("Tratado sobre la Pasión de Cristo"), Treatise on the Blessed Body (Tratado sobre el Cuerpo Santo), Instructions and Prayers o De Tristia Christi ("La Agonía de Cristo"). Este último manuscrito, redactado de puño y letra de Tomás Moro en la Torre de Londres en el tiempo en que estuvo confinado antes de su decapitación el 6 de julio de 1535, y salvado posteriormente de la confiscación decretada por Enrique VIII, pasó por voluntad de su hija Margaret a manos españolas y a través de fray Pedro de Soto, confesor del emperador Carlos V, tuvo por destino Valencia, patria de Luis Vives, amigo íntimo de Moro. Actualmente se conserva como parte de la colección que pertenece al museo del Real Colegio del Corpus Christi de Valencia.
ERASMO DE ROTTERDAM
(Desiderio Erasmo de Rotterdam; Rotterdam, 1466 -
Basilea, 1536) Humanista neerlandés de expresión latina. Clérigo regular
de san Agustín (1488) y sacerdote (1492), pero incómodo en la vida
religiosa (que veía llena de barbarie y de ignorancia), se dedicó a las
letras clásicas y, por su fama de latinista, consiguió dejar el
monasterio como secretario del obispo de Cambrai (1493).
Cursó estudios en París (1495) y, tras dos
breves estancias en Países Bajos (1496 y 1498), decidió llevar vida
independiente. En tres ocasiones (1499, 1505-1506 y 1509-1514) visitó
Inglaterra, donde trabó amistad con J. Colet y con T. Moro, en cuya casa
escribió su desenfadado e irónico Elogio de la locura (1511), antes de enseñar teología y griego en Cambridge.
En París inició, con Adagios (1500), un éxito
editorial que prosiguió en 1506 con sus traducciones latinas (Luciano y
Eurípides) y que culminó en Basilea (1515-1517 y 1521-1529) con sus
versiones de Plutarco, sus ediciones de Séneca y de san Jerónimo y su
gran edición del Nuevo Testamento (1516: con texto griego anotado y su
traducción latina, muy distinta de la Vulgata), que le dio renombre europeo.
En sus viajes, visitó también
Padua, Siena, Roma (1509) y diversas ciudades de Alemania (1514), en
cuyos círculos humanísticos fue acogido de forma triunfal. León X le
dispensó de tener que vestir el hábito para que viviese en el mundo y
fue nombrado consejero del emperador (a quien dedicó la Institución del príncipe cristiano, 1516).
Aunque inicialmente no le prestó gran atención, el
crecimiento del problema luterano le hizo cada vez más difícil su
insistente pretensión de neutralidad: si en 1517 se había ido a Lovaina,
en 1521 hubo de salir de la ciudad y volver a Basilea, por lo
insostenible de su situación (aun distanciándose claramente de Martín
Lutero, insistía en ser no beligerante) y para guardar su independencia.
Pero en 1524 lanzó su Disquisición sobre el libre albedrío, con una violenta respuesta de Lutero (Sobre el albedrío esclavo, 1526) y con su correspondiente réplica (Hyperaspistes, 1526). Y, pese a su neutralidad en la pugna de Enrique VIII con el papa, su Ciceroniano (1527) refleja ya el desengaño de quien ve sus ideales contrariados por los hechos.
Implantada la Reforma en Basilea (1529), dejó la ciudad por la misma razón que dejara Lovaina y se retiró a Friburgo de Brisgovia. Sobre la buena concordia de la Iglesia (1534) es una obra en la que no parece poner sus ilusiones, y no hizo comentarios sobre la ejecución en Inglaterra de Fisher y de Moro (1535). El mismo año recomendó a Paulo III un tono conciliador en el futuro concilio y, desde Basilea (adonde había vuelto y de donde sus achaques no le dejarían salir), le rechazó el cardenalato; de poco antes de morir es su Sobre la pureza de la Iglesia cristiana (1536).
Para unos hereje (que preparó el terreno a la
Reforma), para otros racionalista solapado u hombre de letras ajeno a la
religiosidad (un Voltaire humanista) y para otros gran moralista y
lúcido renovador cristiano, Erasmo quiso unir humanismo clásico y
dimensión espiritual, equilibrio pacificador y fidelidad a la Iglesia;
condenó toda guerra, reclamó el conocimiento directo de la Escritura,
exaltó al laicado y rehusó la pretensión del clero y de las órdenes
religiosas de ostentar el monopolio de la virtud.
Dotado de una inteligencia precoz y de prodigiosa
memoria, pudo formarse rápidamente una cultura muy amplia, que incluía
el conocimiento de las lenguas hebrea, árabe, griega y caldea. Tras una
breve estancia en París, en 1486 se instaló en Roma y publicó sus
famosas novecientas tesis bajo el título de Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae.
Pretendía con ellas promover un debate público, en el que deberían
haber participado los hombres más eruditos de su tiempo, sobre los
principales problemas filosóficos y teológicos.
GIOVANNI PICO DELLA MIRANDOLA
(Mirandola, actual Italia, 1463 - Florencia, 1494)
Humanista y filósofo italiano. Estudió derecho en la Universidad de
Bolonia y en los más importantes centros de Italia y Francia. En pleno
auge del Renacimiento, publicó en Roma sus célebres novecientas tesis,
tituladas Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae
(1486). En ellas manifestó la intención de demostrar la verdadera
naturaleza del cristianismo, considerándolo como el punto de confluencia
de todas las tradiciones filosóficas anteriores, incluidas la filosofía
griega, la astrología, la cábala y la magia. Sus teorías fueron
combatidas duramente por la curia romana y trece de sus tesis fueron
condenadas por los teólogos de la época, motivo por el cual fue
perseguido por hereje y pasó tres meses encerrado en la torre de
Vincennes. Tras ese período, se encomendó a la protección de Lorenzo el
Magnífico, en Florencia. En 1489 publicó Heptaplus, comentario cabalístico sobre el libro del Génesis, y en 1492 De ente et uno, una crítica al platonismo de Ficino. Falleció tras ser envenenado por su secretario.
Por sus tesis sobre la superioridad y el
protagonismo del hombre en el universo y sobre la libertad de la
conciencia y la voluntad humana, el escritor y filósofo italiano Pico
della Mirandola es considerado una de las figuras centrales del
humanismo. En su juventud estudió derecho canónico en Bolonia, letras en
Ferrara y filosofía en Padua, ciudad en la que entró en contacto con el
averroísmo. En 1484 se trasladó a Florencia, donde se hizo íntimo amigo
de Lorenzo de Médicis y se convirtió en uno de los colaboradores más
activos de la Academia platónica.
En la Conclusiones, clara muestra de su
enorme erudición, plasmó los dos motivos capitales de su filosofía: la
íntima concordancia de las principales expresiones filosóficas y
religiosas del pensamiento, y la concepción del universo compuesto por
tres órdenes de realidad: el mundo intelectual, de Dios y de los
ángeles, el mundo de las esferas celestes y el mundo sublunar. El
hombre, como centro del universo, es un microcosmos que participa de las
tres órdenes y que gracias a su total libertad puede crearse su propia
condición. El célebre "Discurso sobre la dignidad del hombre", texto
escrito como introducción a las Conclusiones, ha sido definido como el manifiesto del pensamiento renacentista.
La comisión papal censuró trece de sus tesis, pero él contestó publicando una Apología (1487) en la que acusaba a sus jueces de mala voluntad, con el resultado de que el papa Inocencio VIII decidió condenar todas las Conclusiones.
Para salvarse de las persecuciones huyó a Francia, pero no consiguió
evitar que le detuvieran. Gracias a la intervención de varios señores
italianos fue liberado a las pocas semanas y regresó a Florencia,
invitado por Lorenzo de Médicis el Magnífico.
En su estancia florentina escribió Heptaplus (1489), una interpretación de los significados del Génesis, y De ente et uno (Del ser y de la unidad, 1492), dirigido a encontrar las concordancias entre Platón y Aristóteles. En la ciudad conoció a Girolamo Savonarola,
cuya influencia despertó en él un fervor religioso que le llevó a
abandonar todos sus bienes e ingresar en la orden de los dominicos, pero
poco después de haber terminado su última y monumental obra, Disputaciones contra la astrología (1493), murió envenenado, al parecer, por su propio secretario.
LUIS VIVES
(Joan Lluís Vives; Valencia, 1492 - Brujas, Flandes,
1540) Humanista y pensador español. Nacido en una familia de judíos
conversos, estudió en las universidades de Valencia y París. Desde 1512
se estableció en Flandes, donde fue profesor de la Universidad de
Lovaina y entabló una estrecha relación con Erasmo de Rotterdam. También mantuvo amistad intelectual con Tomás Moro, que le llevó a enseñar en la Universidad de Oxford desde 1523.
Al igual que Moro, se opuso al divorcio de Enrique VIII,
motivo por el que fue arrestado y hubo de dejar Inglaterra y regresar a
Flandes en 1528. Su influencia sobre la Europa del Renacimiento fue
enorme, pues no sólo acudieron a consultarle los más influyentes
artífices de la Reforma protestante y de la Contrarreforma católica,
sino que fue tutor y educador de muchos nobles que ocuparon puestos de
responsabilidad en la monarquía de Carlos V.
La obra de Luis Vives
El pensamiento de Vives es uno de los máximos exponentes del humanismo renacentista: trató de rescatar el pensamiento de Aristóteles, descargándolo de las interpretaciones escolásticas medievales, y sustentó una ética inspirada en Platón
y en los estoicos. Pero, más que plantear teorías de altos vuelos, Luis
Vives fue un hombre ecléctico y universalista, que avanzó ideas
innovadoras en múltiples materias filosóficas, teológicas, pedagógicas y
políticas, y propuso acciones en favor de la paz internacional, la
unidad de los europeos y la atención a los pobres. Entre sus abundantes
obras cabe destacar los tratados Sobre el alma y la vida (1538) y Sobre la verdadera fe cristiana (1543).
Sus edagógica destacan la Institutione de feminae christianae (1529, La educación de la mujer cristiana), esscritos, todos en latín, son aproximadamente unos
sesenta. La variedad de esta obra y su valor de innovación revela la
honda calidad humana de Luis Vives, que insiste en problemas de métodos,
por lo que ante todo es un pedagogo y un psicólogo. En su tratado De anima et vita (Sobre el alma y la vida),
aun siguiendo a Aristóteles y defendiendo la inmortalidad del alma en
base al argumento "res omnis sic se habet ad esse, quemadmodum ad
operari", atribuye a la psicología el estudio empírico de los procesos
espirituales y estudia la teoría de los afectos, de la memoria y de la
asociación de las ideas, por lo que se le considera como precursor de la
antropología del siglo XVII y de la moderna psicología.
De su obra ppecie de manual ético-religioso para la joven, la mujer casada y la viuda; De ratione studii puerilis (1523), sobre los métodos y programas de una educación humanística; De ingenuarum adolescentium ac puellarum institutione (1545) y De officio mariti, similares a las anteriores. De disciplinis (De las disciplinas, 1531), por último, se divide en tres partes: De causis corruptarum artium, De tradendis disciplinis y De artibus.
En ellas Vives propone una renovación y un
planteamiento más científico de la enseñanza frente a la artificiosidad y
vacuidad escolástica y retórica del tiempo. La enseñanza habrá de
realizarse además de acuerdo con la naturaleza y personalidad del
alumno, es decir, la psicología ha de ser la base de la pedagogía, y en
este sentido había dirigido desde Lovaina (1519) contra los escolásticos
de la Sorbona su texto In pseudo dialecticos. En realidad, Vives
supera ya el humanismo y marca el tránsito de la pedagogía a la edad
moderna y la instauración de la psicología como ciencia experimental,
precediendo a Descartes y a Bacon.
En otro grupo de obras que pudiéramos llamar sociales, encontramos los conocidos tratados De subventione pauperum (El socorro de los pobres, 1526) y De communione rerum
(1535) en oposición a los principios extremos individualista y
comunista; preocupado en general por los problemas de su tiempo, escribe
Vives una serie de obras, siempre de temas concretos y con propuestas
de soluciones, como De conditione vitae christianorum sub Turca (1526) o Dissidiis Europae et bello Turcico (1526), sobre los problemas del cristianismo en relación con los turcos y la reforma protestante.
Su Rethoricae sive de recte ratione dicendi libri III
(1532) es un interesante tratado de retórica, con importantes
innovaciones, que hacen de ella un precedente directo de las modernas
preceptivas. Vinculado a su fama de filólogo y humanista tenemos sus Linguae latinae exercitatio (1538, Ejercicios de lengua latina), diálogos llenos de una encantadora sencillez que dictó para la ejercitación escolar.
Otras obras suyas son De veritate fidei christianae, (Sobre la verdadera fe cristiana, 1543), apología católica dedicada por su discípulo Craneveldt al pontífice Paulo III en 1543; De causis corruptarum, De tradendis disciplinis y De ratione dicendi, con temas de sus explicaciones universitarias sobre el problema de la enseñanza; el comentario del De civitate Dei, de San Agustín de Hipona; De initiis sectis et laudibus philosophia (1521); De pacificatione (1529), dirigida al arzobispo de Sevilla Alfonso Manrique, con exposición de las ideas sobre la paz; y De concordia et discordia in humano genere, dedicada al emperador Carlos V (1529).
Ad sapientiam introductio y Satellicia son dos colecciones de sentencias morales, con un total de 805 máximas, dedicadas a la princesa María, y de las que es famosa Veritas, tempora filia
(la verdad es hija del tiempo). La primera colección de sus obras se
publicó en Basilea en 1555; la más completa fue la publicada en Valencia
por Mayans (1782-90, en ocho volúmenes). Fueron muy traducidas al
español y al francés.
Lo importante en Vives es su preocupación por aquellos
aspectos más inmediatos de la realidad humana; con un profundo
conocimiento del hombre y de su historia, Luis Vives pudo intuir las
decadencias de su época, al tiempo que su concepción prudentemente
optimista de la vida le impulsaba a renovar esta realidad. Católico,
comprensivo y tolerante, dotado de un gran sentido de la realidad, Vives
va aplicando estos módulos invariables de su conocimiento a los
problemas que estudia.
Su vida y su obra se han hecho modelo de
universalidad y profundidad, de pasmosa seguridad; su actitud fue la del
mejor humanismo, pero ensalzado por virtudes más universales de
sobriedad y mesura, de una profunda soledad y comprensión del fenómeno
humano, a través de la cual este humanismo cobró características más
trascendentales que las brillantes y entusiastas de la época.BIOGRAFIAS- EL RENACIMIENTO
FAMILIA MÉDICIS
Familia de comerciantes y banqueros de Florencia que
llegaron a gobernar la Toscana y a ejercer una influencia considerable
sobre la política italiana. Representantes de la burguesía ascendente en
las ciudades del norte de Italia en la época de expansión del
capitalismo mercantil y financiero, los Médicis o Medici dejaron su
impronta en el arte del Renacimiento ejerciendo abundantemente el
mecenazgo. Aparecen ocupando el cargo de gonfaloniero o jefe de la ciudad de Florencia desde el siglo XIV.

Cosme el Viejo
La familia se dividió en dos ramas a partir de
Juan de Médicis (Giovanni di Bicci, 1360-1429): mientras su hijo menor,
Lorenzo (1395-1440), daba lugar a una rama secundaria, postergada hasta
comienzos del siglo XVI, el poder en Florencia recaía en manos de la
rama principal, que arranca de su hijo mayor, Cosme de Médicis el Viejo (Cosimo, 1389-1464).
Tras vencer al partido del patriciado
tradicional, Cosme de Médicis instauró desde 1434 un poder dictatorial
en Florencia, si bien respetó la forma republicana de las instituciones y
se mantuvo alejado personalmente de los cargos principales,
encomendándolos a clientes suyos. Cosme duplicó la fortuna de la familia
y la empleó para fomentar las artes y el pensamiento, haciendo de
Florencia un gran foco de cultura renacentista: Brunelleschi, Donatello y Filippo Lippi,
entre otros, se beneficiaron de su mecenazgo; con el mismo espíritu de
recuperación de la cultura clásica, compró importantes manuscritos
griegos, con los que formó la biblioteca familiar.
Su hijo, Pedro I el Gotoso (Piero, 1414-69), se
limitó a conservar el poder y a emparentar con la familia aristocrática
de los Orsini mediante el matrimonio de su hijo, Lorenzo de Médicis el Magnífico
(1449-92). Lorenzo de Médicis consiguió resistir los intentos de
arrebatarle el poder por parte del patriciado, que se alió con el papa
Sixto IV, aunque perdió a su hermano Julián (1453-78) durante la
rebelión de los Pazzi (1478).

Lorenzo el Magnífico
Lorenzo el Magnífico fue un típico príncipe
renacentista, protector de escritores, sabios y artistas, impulsor de
las primeras imprentas italianas y organizador de fiestas. Su
prodigalidad puso en peligro la fortuna de los Médicis y despertó las
iras de Savonarola.
Su hijo Pedro II (Piero, 1471-1503) fue expulsado del poder por una
revuelta instigada por Savonarola en 1494. Su alianza con Carlos VIII de
Francia no fue suficiente para recuperar la ciudad.
Su hermano Juan de Médicis (Giovanni, 1475-1521), recuperó el poder en 1512 gracias a la ayuda del papa Julio II,
de manera que Florencia quedó subordinada a Roma en los años
siguientes. Ejerció el poder junto con su hermano menor, Julián
(Giuliano, 1478-1516). Juan de Médicis, que era cardenal desde los 13
años, fue elegido papa en 1513, tomando el nombre de León X.
Practicó asiduamente el nepotismo, situando a miembros de la familia
Médicis en los órganos de poder de la Iglesia romana; incluso gravó a la
Hacienda papal con los gastos de la Guerra de Urbino (1516-17),
destinada a conquistar dicho ducado para su sobrino Lorenzo II.

León X [Juan de Médicis]
El pontificado de León X (1513-21) apenas trajo
novedades en materia religiosa, pues se comportó como un príncipe
italiano más, dedicado a conservar y ampliar sus dominios por medio de
la diplomacia y de la guerra, así como a ejercer el mecenazgo artístico.
Encargó a Rafael Sanzio
construir la basílica de San Pedro, cuyo coste le obligó a recabar
fondos intensificando la venta de bulas de indulgencia; la denuncia
contra la inmoralidad de este tráfico mercantil sería el detonante que
haría a Lutero romper con la Iglesia católica, dando origen a la reforma protestante (1517-21).
En 1523, tras el breve pontificado de Adriano VI, accedió al Papado otro Médicis, hijo bastardo de Julián: Julio de Médicis (Giulio, 1478-1534), que tomó el nombre de Clemente VII. Queriendo liberarse de la tutela de Carlos V, en 1526 impulsó contra éste la Liga Santa de Cognac (o Liga Clementina), formada
por Francia, Inglaterra, Florencia, Venecia, Milán y el Papado. El
emperador Carlos V respondió tomando Roma y entregándola al saqueo de
sus soldados (Sacco de Roma, 1527); el papa fue encarcelado
durante siete meses en el Castillo de Sant'Angelo, y sólo la peste
desatada en la ciudad hizo que fuera evacuada por las tropas imperiales.
Clemente VII decidió entonces reconciliarse con
Carlos V, a quien coronó emperador y rey de Italia en Bolonia en 1530; a
cambio, Carlos le devolvió los territorios que le había arrebatado y
conquistó Florencia, poniendo de nuevo en el poder a los Médicis (que lo
habían perdido) en la persona de Alejandro (quizá hijo natural del
mismo papa). Por último, el pontificado de Clemente VII tuvo una
importancia crucial para la Iglesia, pues, al negarse a reconocer el
divorcio de Enrique VIII
(decisión inevitable, dada la subordinación del Papado a la política de
Carlos V) desencadenó el cisma de la Iglesia de Inglaterra.

Catalina de Médicis
En Florencia, mientras tanto, ocupó el poder
Lorenzo II de Médicis (1492-1519), hijo de Pedro II. Gobernó
nominalmente dirigido por su tío, el papa León X (que en 1516 le hizo
duque de Urbino). De su matrimonio con una aristócrata francesa nació Catalina de Médicis (1519-89), que habría de ser reina de Francia por su matrimonio con Enrique II.
Hipólito (Ippolito, 1511-35), hijo natural de Julián,
fue hecho cardenal por su tío Clemente VII, que le empleó para dirigir
la política florentina en su nombre. Probablemente murió envenenado por
su pariente Alejandro (Alessandro, 1510-37), hijo natural de Lorenzo II o
quizá del cardenal Julio de Médicis. Alessandro de Médicis fue impuesto
en el poder en 1530 por las armas de Carlos V, que en aquel momento
controlaban Italia. El emperador hizo a Alejandro duque de Florencia
(1532), con lo que los Médicis quedaron convertidos en dinastía ducal de
una monarquía hereditaria. Alejandro ejerció un poder tiránico que
causó gran descontento en la ciudad. Sus habitantes enviaron a Hipólito
de Médicis a plantear sus quejas ante Carlos V, pero el enviado murió
durante el viaje, seguramente envenenado por Alejandro.
Alejandro de Médicis moriría también (extinguiéndose
con él la rama principal de los Médicis) a manos de un miembro de la
rama secundaria de la familia, Lorenzino o Lorenzaccio (1514-48). Éste
era un escritor de la corte de Alejandro, a quien decidió asesinar
imbuido de ideales republicanos. Para su decepción, la muerte del tirano
no dio paso a un régimen de libertades, sino a la sucesión en el Ducado
de otro Médicis de esta rama, Cosme I de Médicis (Cosimo, 1519-74), en 1537. Once años después, Cosme haría asesinar, a su vez, a Lorenzino.

Cosme I de Médicis fue otro tirano como Alejandro, protegido como él por Carlos V. Bajo su principado alcanzó Florencia el apogeo de su poder en Italia, conquistando Lucca y Siena. En 1569 esta ampliación territorial fue sancionada por la coronación de Cosme como gran duque de Toscana por el papa Pío V. Inició además una política de limpieza del Mediterráneo de piratas berberiscos, que continuarían sus sucesores.
Le sucedió su hijo Francisco María (Francesco Maria,
1541-87), que continuó la línea de gobierno despótico y aliado de
España. Su hija María de Médicis
(1573-1642) llegaría a ser reina de Francia por su matrimonio con
Enrique IV y regente durante la minoría de edad de Luis XIII.
Francisco María de Médicis murió probablemente
envenenado por su hermano, el cardenal Fernando I (Ferdinando,
1549-1609). Al suceder a su hermano en la Corona ducal (1587), Fernando I
de Médicis abandonó el capelo cardenalicio y contrajo matrimonio. Con
él se inició la protección de los Médicis a Galileo, que continuarían sus sucesores. Fernando cambió la orientación política de Toscana, alineándola con la Francia de Enrique IV y contra la España de Felipe II y Felipe III
(de hecho, fue él quien casó en 1601 a su sobrina María de Médicis con
el rey francés). Sin embargo, cuando Francia hizo la paz con el duque de
Saboya, Fernando volvió a aliarse con Felipe III para hacer frente a su
enemigo italiano.
Le sucedieron su hijo Cosme II de Médicis (1590-1621),
su nieto Fernando II (1610-70), su bisnieto Cosme III (1642-1723) y su
tataranieto Juan Gastón (1671-1737), bajo los cuales tuvo lugar la
decadencia de la dinastía. El último de los mencionados no tuvo
descendientes varones, con lo que se extinguió el linaje de los Médicis,
dejando Toscana a merced de los intereses diplomáticos de las grandes
potencias. Por el Tratado de Viena (1735) la Corona ducal de Toscana fue
otorgada al duque de Lorena, esposo de María Teresa de Austria, que más
tarde sería emperador con el nombre de Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico.
LEONARDO DA VINCI
Considerado el paradigma del homo universalis, del sabio renacentista versado en todos los ámbitos del conocimiento humano, Leonardo da Vinci (1452-1519) incursionó en campos tan variados como la aerodinámica, la hidráulica, la anatomía, la botánica, la pintura, la escultura y la arquitectura, entre otros. Sus investigaciones científicas fueron, en gran medida, olvidadas y minusvaloradas por sus contemporáneos; su producción pictórica, en cambio, fue de inmediato reconocida como la de un maestro capaz de materializar el ideal de belleza en obras de turbadora sugestión y delicada poesía.
Recreación de un retrato de Leonardo
Leonardo nació en 1452 en la villa toscana de Vinci, hijo natural de una campesina, Caterina (que se casó poco después con un artesano de la región), y de Ser Piero, un rico notario florentino. Italia era entonces un mosaico de ciudades-estado como Florencia, pequeñas repúblicas como Venecia y feudos bajo el poder de los príncipes o el papa. El Imperio romano de Oriente cayó en 1453 ante los turcos y apenas sobrevivía aún, muy reducido, el Sacro Imperio Romano Germánico; era una época violenta en la que, sin embargo, el esplendor de las cortes no tenía límites.
A pesar de que su padre se casaría cuatro veces, sólo tuvo hijos (once en total, con los que Leonardo entablaría pleitos por la herencia paterna) en sus dos últimos matrimonios, por lo que el pequeño Leonardo se crió como hijo único. Su enorme curiosidad se manifestó tempranamente: ya en la infancia dibujaba animales mitológicos de su propia invención, inspirados en una profunda observación del entorno natural en el que creció. Giorgio Vasari, su primer biógrafo, relata cómo el genio de Leonardo, siendo aún un niño, creó un escudo de Medusa con dragones que aterrorizó a su padre cuando se topó con él por sorpresa.
Consciente del talento de su hijo, su padre le permitió ingresar como aprendiz en el taller de Andrea del Verrocchio. A lo largo de los seis años que el gremio de pintores prescribía como instrucción antes de ser reconocido como artista libre, Leonardo aprendió pintura, escultura y técnicas y mecánicas de la creación artística. El primer trabajo suyo del que se tiene certera noticia fue la construcción de la esfera de cobre proyectada por Brunelleschi para coronar la iglesia de Santa Maria dei Fiori. Junto al taller de Verrocchio, además, se encontraba el de Antonio Pollaiuolo, en donde Leonardo hizo sus primeros estudios de anatomía y, quizá, se inició también en el conocimiento del latín y el griego.
Joven agraciado y vigoroso, Leonardo había heredado la fuerza física de la estirpe de su padre; es muy probable que fuera el modelo para la cabeza de San Miguel en el cuadro de Verrocchio Tobías y el ángel, de finos y bellos rasgos. Por lo demás, su gran imaginación creativa y la temprana pericia de su pincel no tardaron en superar a las de su maestro. En el Bautismo de Cristo, por ejemplo, los inspirados ángeles pintados por Leonardo contrastan con la brusquedad del Bautista hecho por Verrocchio.

Ángeles atribuidos a Leonardo en el Bautismo de Cristo (c. 1475), de Andrea del Verrocchio
Florencia era entonces una de las ciudades más ricas de Europa; las numerosas tejedurías y los talleres de manufacturas de sedas y brocados de oriente y de lanas de occidente la convertían en el gran centro comercial de la península itálica; allí los Medici habían establecido una corte cuyo esplendor debía no poco a los artistas con que contaba. Pero cuando el joven Leonardo comprobó que no conseguía de Lorenzo el Magnífico más que alabanzas a sus virtudes de buen cortesano, a sus treinta años decidió buscar un horizonte más prospero.
En 1482 se presentó ante el poderoso Ludovico Sforza, el hombre fuerte de Milán, en cuya corte se quedaría diecisiete años como «pictor et ingenierius ducalis». Aunque su ocupación principal era la de ingeniero militar, sus proyectos (casi todos irrealizados) abarcaron la hidráulica, la mecánica (con innovadores sistemas de palancas para multiplicar la fuerza humana) y la arquitectura, además de la pintura y la escultura. Fue su período de pleno desarrollo; siguiendo las bases matemáticas fijadas por Leon Battista Alberti y Piero della Francesca, Leonardo comenzó sus apuntes para la formulación de una ciencia de la pintura, al tiempo que se ejercitaba en la ejecución y fabricación de laúdes.
Estimulado por la dramática peste que asoló Milán y cuya causa veía Leonardo en el hacinamiento y suciedad de la ciudad, proyectó espaciosas villas, hizo planos para canalizaciones de ríos e ingeniosos sistemas de defensa ante la artillería enemiga. Habiendo recibido de Ludovico el encargo de crear una monumental estatua ecuestre en honor de Francesco, el fundador de la dinastía Sforza, Leonardo trabajó durante dieciséis años en el proyecto del «gran caballo», que no se concretaría más que en un modelo en barro, destruido poco después durante una batalla.
Resultó sobre todo fecunda su amistad con el matemático Luca Pacioli, fraile franciscano que
hacia 1496 concluyó su
tratado De la divina proporción,
ilustrado por Leonardo. Ponderando la vista como el instrumento de
conocimiento
más certero con que cuenta el ser humano, Leonardo sostuvo que a través
de una atenta observación debían reconocerse los objetos
en su forma y estructura para describirlos en la pintura de la manera
más exacta. De este modo el dibujo se convertía en el instrumento
fundamental
de su método didáctico, al punto que podía decirse que en sus apuntes el
texto estaba para explicar el dibujo, y no al revés,
razón por la que Leonardo da Vinci ha sido reconocido como el creador de
la moderna ilustración científica.
El ideal del saper vedere guió todos sus estudios, que en la década de 1490 comenzaron a perfilarse como una serie de tratados
inconclusos que serían luego recopilados en el Codex Atlanticus, así llamado por su gran tamaño. Incluye trabajos sobre pintura,
arquitectura, mecánica, anatomía, geografía, botánica, hidráulica y aerodinámica, fundiendo arte y ciencia en
una cosmología individual que da, además, una vía de salida para un debate estético que se encontraba anclado en un más
bien estéril neoplatonismo.
Aunque no parece que Leonardo se preocupara demasiado por formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari y su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli.

Detalle de La Virgen de las Rocas (segunda versión, c. 1507)
Contratado en 1483 por la hermandad de la Inmaculada Concepción para
realizar una pintura para la iglesia de San Francisco, Leonardo
emprendió la
realización de lo que sería la celebérrima Virgen de las Rocas,
cuyo resultado final, en dos versiones, no estaría
listo a los ocho meses que marcaba el contrato, sino veinte años más
tarde. En ambas versiones la estructura triangular de la composición,
la gracia de las figuras y el brillante uso del famoso sfumato para realzar el sentido visionario de la escena supusieron una revolución
estética para sus contemporáneos.
A este mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación de proximidad y distancia, y la belleza expresiva de La belle Ferronnière. Pero hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica: La Última Cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica del dramático momento en que Jesucristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el continente.
A finales de 1499 los franceses entraron en Milán; Ludovico el Moro perdió el poder. Leonardo abandonó la ciudad acompañado de Pacioli y, tras una breve estancia en Mantua, en casa de su admiradora la marquesa Isabel de Este, llegó a Venecia. Acosada por los turcos, que ya dominaban la costa dálmata y amenazaban con tomar el Friuli, la Signoria de Venecia contrató a Leonardo como ingeniero militar.
En pocas semanas proyectó una cantidad de artefactos cuya realización concreta no se haría sino, en muchos casos, hasta los siglos XIX o XX: desde una suerte de submarino individual, con un tubo de cuero para tomar aire destinado a unos soldados que, armados con taladro, atacarían a las embarcaciones por debajo, hasta grandes piezas de artillería con proyectiles de acción retardada y barcos con doble pared para resistir las embestidas. Los costes desorbitados, la falta de tiempo y, quizá, las pretensiones de Leonardo en el reparto del botín, excesivas para los venecianos, hicieron que las geniales ideas no pasaran de bocetos. En abril de 1500, tras casi veinte años de ausencia, Leonardo da Vinci regresó a Florencia.
Dominaba entonces la ciudad César Borgia, hijo del papa Alejandro VI. Descrito por el propio Maquiavelo como «modelo insuperable» de intrigador político y déspota, este hombre ambicioso y temido se estaba preparando para lanzarse a la conquista de nuevos territorios. Leonardo, nuevamente como ingeniero militar, recorrió los territorios del norte, trazando mapas, calculando distancias precisas y proyectando puentes y nuevas armas de artillería. Pero poco después el condottiero cayó en desgracia: sus capitanes se sublevaron, su padre fue envenenado y él mismo cayó gravemente enfermo. En 1503 Leonardo volvió a Florencia, que por entonces se encontraba en guerra con Pisa, y concibió allí su genial proyecto de desviar el río Arno por detrás de la ciudad enemiga para cercarla, contemplando además la construcción de un canal como vía navegable que comunicase Florencia con el mar. El proyecto sólo se concretó en los extraordinarios mapas de su autor.

Santa Ana, la Virgen y el Niño (c. 1510)
Pero Leonardo ya era reconocido como uno de los mayores maestros de Italia. En 1501 había trazado un boceto de su Santa Ana, la
Virgen y el Niño, que trasladaría al lienzo a finales de la década. En 1503 recibió el encargo de pintar un gran mural
(el doble del tamaño
de La Última
Cena)
en el palacio Viejo: la nobleza florentina quería inmortalizar algunas
escenas históricas de su gloria. Leonardo trabajó tres años
en La batalla de Anghiari, que quedaría inconclusa y sería luego desprendida por su deterioro. Pese a la pérdida, circularon
bocetos y copias que admirarían a Rafael e inspirarían, un siglo más tarde, una célebre reproducción de Peter
Paul Rubens.
También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona (abreviatura de Madonna) Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, razón por la que el cuadro es conocido como La Mona Lisa o La Gioconda. Obra famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. Como cuadro y como personaje, la mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero es poco lo que se conoce a ciencia cierta. Ni siquiera se sabe quién encargó el cuadro, que Leonardo llevaría consigo en su continua peregrinación vital hasta sus últimos años en Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro.

Detalle de La Gioconda (c. 1503-1507)
Perfeccionando su propio hallazgo del sfumato, llevándolo a
una concreción casi milagrosa, Leonardo logró plasmar un gesto
entre lo fugaz y lo perenne: la «enigmática sonrisa» de la Gioconda es
uno de los capítulos más admirados, comentados
e imitados de la historia del arte, y su misterio sigue aún hoy
fascinando. Existe la leyenda de que Leonardo promovía ese gesto en su
modelo
haciendo sonar laúdes mientras ella posaba; el cuadro, que ha atravesado
no pocas vicisitudes, ha sido considerado como cumbre y resumen del
talento
y de la «ciencia pictórica» de su autor.
De nuevo en Milán (1506-1513)
El interés de Leonardo por los estudios científicos era cada vez más intenso. Asistía a disecciones de cadáveres, sobre los que confeccionaba dibujos para describir la estructura y funcionamiento del cuerpo humano; al mismo tiempo hacía sistemáticas observaciones del vuelo de los pájaros (sobre los que planeaba escribir un tratado), con la convicción de que también el hombre podría volar si llegaba a conocer las leyes de la resistencia del aire (algunos apuntes de este período se han visto como claros precursores del moderno helicóptero).
Absorto por estas cavilaciones e inquietudes, Leonardo no dudó en abandonar Florencia cuando en 1506 Charles d'Amboise, gobernador francés de Milán, le ofreció el cargo de arquitecto y pintor de la corte; honrado y admirado por su nuevo patrón, Leonardo da Vinci proyectó para él un castillo y ejecutó bocetos para el oratorio de Santa Maria dalla Fontana, fundado por el mecenas. Su estadía milanesa sólo se interrumpió en el invierno de 1507, cuando colaboró en Florencia con el escultor Giovanni Francesco Rustici en la ejecución de los bronces del baptisterio de la ciudad.
Quizás excesivamente avejentado para los cincuenta años que contaba entonces, su rostro fue tomado por Rafael como modelo del sublime Platón para su obra La escuela de Atenas. Leonardo, en cambio, pintaba poco, dedicándose a recopilar sus escritos y a profundizar en sus estudios: con la idea de tener finalizado para 1510 su tratado de anatomía, trabajaba junto a Marcantonio della Torre, el más célebre anatomista de su tiempo, en la descripción de órganos y el estudio de la fisiología humana.

Leonardo como Platón en La escuela de Atenas (1511), de Rafael
El ideal leonardesco de la «percepción cosmológica» se manifestaba en
múltiples ramas: escribía sobre matemáticas, óptica,
mecánica, geología, botánica; su búsqueda tendía hacia el encuentro de
leyes, funciones y armonías compatibles
para todas estas disciplinas, para la naturaleza como unidad.
Paralelamente, a sus antiguos discípulos se sumaron algunos nuevos,
entre ellos el
joven noble Francesco Melzi, fiel amigo del maestro hasta su muerte.
Junto a Ambrogio de Predis, Leonardo culminó hacia 1507 la segunda
versión
de La Virgen de las Rocas; poco antes, había dejado sin cumplir un encargo del rey de Francia para pintar dos madonnas.
El nuevo hombre fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo Trivulzio, quien pretendía retomar para sí el monumental proyecto del «gran caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia tumba en la capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como escultor. En 1513 una nueva situación de inestabilidad política lo empujó a abandonar Milán; junto a Melzi y Salai marchó a Roma, donde se albergó en el belvedere de Giuliano de Médicis, hermano del nuevo papa León X.
Últimos años: Roma y Francia
En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un sueldo digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos monumentos romanos, proyectó una gran residencia para los Médicis en Florencia y, además, reanudó su estrecha amistad con el gran arquitecto Donato Bramante, hasta el fallecimiento de éste en 1514. Pero en 1516, muerto su protector Giuliano de Médicis, Leonardo dejó Italia definitivamente para pasar los tres últimos años de su vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del rey».
El gran respeto que le dispensó Francisco I de Francia hizo que Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para el nunca concluido Tratado de la pintura, cultivó más la teoría que la práctica, aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de París.

Detalle de San Juan Bautista (c. 1516)
A partir de 1517 su salud, hasta entonces inquebrantable, comenzó a
desmejorar. Su brazo derecho quedó paralizado; pero, con su incansable
mano izquierda, Leonardo aún hizo bocetos de proyectos urbanísticos, de
drenajes de ríos y hasta decorados para las fiestas palaciegas.
Convertida en una especie de museo, su casa de Amboise estaba repleta de
los papeles y apuntes que contenían las ideas de este hombre
excepcional,
muchas de las cuales deberían esperar siglos para demostrar su
factibilidad y aun su necesidad; llegó incluso, en esta época, a
concebir
la idea de hacer casas prefabricadas. Sólo por las tres telas que eligió
para que lo acompañasen en su última etapa (San
Juan Bautista, La Gioconda y Santa Ana, la Virgen y el Niño) puede decirse que Leonardo poseía entonces uno de los
grandes tesoros de su tiempo.
El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que el discípulo se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regida por las leyes de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para recibir, antes de expirar, los sacramentos.

Ilustración del modelo heliocéntrico en Sobre las revoluciones de los orbes celestes (1543)
Aunque no parece que Leonardo se preocupara demasiado por formar su propia escuela, en su taller milanés se creó poco a poco un grupo de fieles aprendices y alumnos: Giovanni Boltraffio, Ambrogio de Predis, Andrea Solari y su inseparable Salai, entre otros; los estudiosos no se han puesto de acuerdo aún acerca de la exacta atribución de algunas obras de este período, tales como la Madona Litta o el retrato de Lucrezia Crivelli.

Detalle de La Virgen de las Rocas (segunda versión, c. 1507)
A este mismo período pertenecen el retrato de Ginevra de Benci (1475-1478), con su innovadora relación de proximidad y distancia, y la belleza expresiva de La belle Ferronnière. Pero hacia 1498 Leonardo finalizaba una pintura mural, en principio un encargo modesto para el refectorio del convento dominico de Santa Maria dalle Grazie, que se convertiría en su definitiva consagración pictórica: La Última Cena. Necesitamos hoy un esfuerzo para comprender su esplendor original, ya que se deterioró rápidamente y fue mal restaurada muchas veces. La genial captación plástica del dramático momento en que Jesucristo dice a los apóstoles «uno de vosotros me traicionará» otorga a la escena una unidad psicológica y una dinámica aprehensión del momento fugaz de sorpresa de los comensales (del que sólo Judas queda excluido). El mural se convirtió no sólo en un celebrado icono cristiano, sino también en un objeto de peregrinación para artistas de todo el continente.
A finales de 1499 los franceses entraron en Milán; Ludovico el Moro perdió el poder. Leonardo abandonó la ciudad acompañado de Pacioli y, tras una breve estancia en Mantua, en casa de su admiradora la marquesa Isabel de Este, llegó a Venecia. Acosada por los turcos, que ya dominaban la costa dálmata y amenazaban con tomar el Friuli, la Signoria de Venecia contrató a Leonardo como ingeniero militar.
En pocas semanas proyectó una cantidad de artefactos cuya realización concreta no se haría sino, en muchos casos, hasta los siglos XIX o XX: desde una suerte de submarino individual, con un tubo de cuero para tomar aire destinado a unos soldados que, armados con taladro, atacarían a las embarcaciones por debajo, hasta grandes piezas de artillería con proyectiles de acción retardada y barcos con doble pared para resistir las embestidas. Los costes desorbitados, la falta de tiempo y, quizá, las pretensiones de Leonardo en el reparto del botín, excesivas para los venecianos, hicieron que las geniales ideas no pasaran de bocetos. En abril de 1500, tras casi veinte años de ausencia, Leonardo da Vinci regresó a Florencia.
Dominaba entonces la ciudad César Borgia, hijo del papa Alejandro VI. Descrito por el propio Maquiavelo como «modelo insuperable» de intrigador político y déspota, este hombre ambicioso y temido se estaba preparando para lanzarse a la conquista de nuevos territorios. Leonardo, nuevamente como ingeniero militar, recorrió los territorios del norte, trazando mapas, calculando distancias precisas y proyectando puentes y nuevas armas de artillería. Pero poco después el condottiero cayó en desgracia: sus capitanes se sublevaron, su padre fue envenenado y él mismo cayó gravemente enfermo. En 1503 Leonardo volvió a Florencia, que por entonces se encontraba en guerra con Pisa, y concibió allí su genial proyecto de desviar el río Arno por detrás de la ciudad enemiga para cercarla, contemplando además la construcción de un canal como vía navegable que comunicase Florencia con el mar. El proyecto sólo se concretó en los extraordinarios mapas de su autor.

Santa Ana, la Virgen y el Niño (c. 1510)
También sólo en copias sobrevivió otra gran obra de este periodo: Leda y el cisne. Sin embargo, la cumbre de esta etapa florentina (y una de las pocas obras acabadas por Leonardo) fue el retrato de Mona (abreviatura de Madonna) Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo, razón por la que el cuadro es conocido como La Mona Lisa o La Gioconda. Obra famosa desde el momento de su creación, se convirtió en modelo de retrato y casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. Como cuadro y como personaje, la mítica Gioconda ha inspirado infinidad de libros y leyendas, y hasta una ópera; pero es poco lo que se conoce a ciencia cierta. Ni siquiera se sabe quién encargó el cuadro, que Leonardo llevaría consigo en su continua peregrinación vital hasta sus últimos años en Francia, donde lo vendió al rey Francisco I por cuatro mil piezas de oro.

Detalle de La Gioconda (c. 1503-1507)
De nuevo en Milán (1506-1513)
El interés de Leonardo por los estudios científicos era cada vez más intenso. Asistía a disecciones de cadáveres, sobre los que confeccionaba dibujos para describir la estructura y funcionamiento del cuerpo humano; al mismo tiempo hacía sistemáticas observaciones del vuelo de los pájaros (sobre los que planeaba escribir un tratado), con la convicción de que también el hombre podría volar si llegaba a conocer las leyes de la resistencia del aire (algunos apuntes de este período se han visto como claros precursores del moderno helicóptero).
Absorto por estas cavilaciones e inquietudes, Leonardo no dudó en abandonar Florencia cuando en 1506 Charles d'Amboise, gobernador francés de Milán, le ofreció el cargo de arquitecto y pintor de la corte; honrado y admirado por su nuevo patrón, Leonardo da Vinci proyectó para él un castillo y ejecutó bocetos para el oratorio de Santa Maria dalla Fontana, fundado por el mecenas. Su estadía milanesa sólo se interrumpió en el invierno de 1507, cuando colaboró en Florencia con el escultor Giovanni Francesco Rustici en la ejecución de los bronces del baptisterio de la ciudad.
Quizás excesivamente avejentado para los cincuenta años que contaba entonces, su rostro fue tomado por Rafael como modelo del sublime Platón para su obra La escuela de Atenas. Leonardo, en cambio, pintaba poco, dedicándose a recopilar sus escritos y a profundizar en sus estudios: con la idea de tener finalizado para 1510 su tratado de anatomía, trabajaba junto a Marcantonio della Torre, el más célebre anatomista de su tiempo, en la descripción de órganos y el estudio de la fisiología humana.

Leonardo como Platón en La escuela de Atenas (1511), de Rafael
El nuevo hombre fuerte de Milán era entonces Gian Giacomo Trivulzio, quien pretendía retomar para sí el monumental proyecto del «gran caballo», convirtiéndolo en una estatua funeraria para su propia tumba en la capilla de San Nazaro Magiore; pero tampoco esta vez el monumento ecuestre pasó de los bocetos, lo que supuso para Leonardo su segunda frustración como escultor. En 1513 una nueva situación de inestabilidad política lo empujó a abandonar Milán; junto a Melzi y Salai marchó a Roma, donde se albergó en el belvedere de Giuliano de Médicis, hermano del nuevo papa León X.
Últimos años: Roma y Francia
En el Vaticano vivió una etapa de tranquilidad, con un sueldo digno y sin grandes obligaciones: dibujó mapas, estudió antiguos monumentos romanos, proyectó una gran residencia para los Médicis en Florencia y, además, reanudó su estrecha amistad con el gran arquitecto Donato Bramante, hasta el fallecimiento de éste en 1514. Pero en 1516, muerto su protector Giuliano de Médicis, Leonardo dejó Italia definitivamente para pasar los tres últimos años de su vida en el palacio de Cloux como «primer pintor, arquitecto y mecánico del rey».
El gran respeto que le dispensó Francisco I de Francia hizo que Leonardo pasase esta última etapa de su vida más bien como un miembro de la nobleza que como un empleado de la casa real. Fatigado y concentrado en la redacción de sus últimas páginas para el nunca concluido Tratado de la pintura, cultivó más la teoría que la práctica, aunque todavía ejecutó extraordinarios dibujos sobre temas bíblicos y apocalípticos. Alcanzó a completar el ambiguo San Juan Bautista, un andrógino duende que desborda gracia, sensualidad y misterio; de hecho, sus discípulos lo imitarían poco después convirtiéndolo en un pagano Baco, que hoy puede verse en el Louvre de París.

Detalle de San Juan Bautista (c. 1516)
El 2 de mayo de 1519 murió en Cloux; su testamento legaba a Melzi todos sus libros, manuscritos y dibujos, que el discípulo se encargó de retornar a Italia. Como suele suceder con los grandes genios, se han tejido en torno a su muerte algunas leyendas; una de ellas, inspirada por Vasari, pretende que Leonardo, arrepentido de no haber llevado una existencia regida por las leyes de la Iglesia, se confesó largamente y, con sus últimas fuerzas, se incorporó del lecho mortuorio para recibir, antes de expirar, los sacramentos.
NICÓLAS COPÉRNICO
(Torun, actual Polonia, 1473 - Frauenburg, id., 1543)
Astrónomo polaco. La importancia de Copérnico no se reduce a su
condición de primer formulador de una teoría heliocéntrica coherente:
Copérnico fue, ante todo, el iniciador de la revolución científica que
acompañó al Renacimiento europeo y que, pasando por Galileo, llevaría un
siglo después, por obra de Newton, a la sistematización de la física y a
un profundo cambio en las convicciones filosóficas y religiosas. Con
toda justicia, pues, se ha llamado revolución copernicana a esta
ruptura, de tanta trascendencia que alcanzó más allá del ámbito de la
astronomía y la ciencia para marcar un hito en la historia de las ideas y
de la cultura.
Nacido en el seno de una rica familia de
comerciantes, Nicolás Copérnico quedó huérfano a los diez años y se hizo
cargo de él su tío materno, canónigo de la catedral de Frauenburg y
luego obispo de Warmia. En 1491 Copérnico ingresó en la Universidad de
Cracovia, siguiendo las indicaciones de su tío y tutor. En 1496 pasó a
Italia para completar su formación en Bolonia, donde cursó derecho
canónico y recibió la influencia del humanismo italiano; el estudio de
los clásicos, revivido por este movimiento cultural, resultó más tarde
decisivo en la elaboración de la obra astronómica de Copérnico.
No hay constancia, sin embargo, de que por entonces se
sintiera especialmente interesado por la astronomía; de hecho, tras
estudiar medicina en Padua, Nicolás Copérnico se doctoró en derecho
canónico por la Universidad de Ferrara en 1503. Ese mismo año regresó a
su país, donde se le había concedido entre tanto una canonjía por
influencia de su tío, y se incorporó a la corte episcopal de éste en el
castillo de Lidzbark, en calidad de su consejero de confianza.
Fallecido el obispo en 1512, Copérnico fijó su
residencia en Frauenburg y se dedicó a la administración de los bienes
del cabildo durante el resto de sus días; mantuvo siempre el empleo
eclesiástico de canónigo, pero sin recibir las órdenes sagradas. Se
interesó por la teoría económica, ocupándose en particular de la reforma
monetaria, tema sobre el que publicó un tratado en 1528. Practicó
asimismo la medicina y cultivó sus intereses humanistas.
Hacia 1507, Copérnico elaboró su primera exposición de
un sistema astronómico heliocéntrico en el cual la Tierra orbitaba en
torno al Sol, en oposición con el tradicional sistema tolemaico, en el
que los movimientos de todos los cuerpos celestes tenían como centro
nuestro planeta. Una serie limitada de copias manuscritas del esquema
circuló entre los estudiosos de la astronomía, y a raíz de ello
Copérnico empezó a ser considerado como un astrónomo notable; con todo,
sus investigaciones se basaron principalmente en el estudio de los
textos y de los datos establecidos por sus predecesores, ya que apenas
superan el medio centenar las observaciones de que se tiene constancia
que realizó a lo largo de su vida.
En 1513 Copérnico fue invitado a participar en
la reforma del calendario juliano, y en 1533 sus enseñanzas fueron
expuestas al papa Clemente VII
por su secretario; en 1536, el cardenal Schönberg escribió a Copérnico
desde Roma urgiéndole a que hiciera públicos sus descubrimientos. Por
entonces Copérnico había ya completado la redacción de su gran obra, Sobre las revoluciones de los orbes celestes, un tratado astronómico que defendía la hipótesis heliocéntrica.
El texto se articulaba de acuerdo con el modelo formal del Almagesto
de Tolomeo, del que conservó la idea tradicional de un universo finito y
esférico, así como el principio de que los movimientos circulares eran
los únicos adecuados a la naturaleza de los cuerpos celestes; pero
contenía una serie de tesis que entraban en contradicción con la antigua
concepción del universo, cuyo centro, para Copérnico, dejaba de ser
coincidente con el de la Tierra, así como tampoco existía, en su
sistema, un único centro común a todos los movimientos celestes.
Consciente de la novedad de sus ideas y temeroso
de las críticas que podían suscitar al hacerse públicas, Copérnico no
llegó a dar la obra a la imprenta. Su publicación se produjo gracias a
la intervención de un astrónomo protestante, Georg Joachim von Lauchen,
conocido como Rheticus, quien visitó a Copérnico de 1539 a 1541 y
lo convenció de la necesidad de imprimir el tratado, de lo cual se
ocupó él mismo. La obra apareció pocas semanas antes del fallecimiento
de su autor; iba precedida de un prefacio anónimo, obra del editor
Andreas Osiander, en el que el sistema copernicano se presentaba como
una hipótesis, a título de medida precautoria y en contra de lo que fue
el convencimiento de Copérnico.
La teoría heliocéntrica
El modelo heliocéntrico de Nicolás Copérnico fue
una aportación decisiva a la ciencia del Renacimiento. La concepción
geocéntrica del universo, teorizada por Tolomeo, había imperado durante catorce siglos: el Almagesto
de Tolomeo era un desarrollo detallado y sistemático de los métodos de
la astronomía griega, que establecía un cosmos geocéntrico con la Luna,
el Sol y los planetas fijos en esferas girando alrededor de la Tierra.
Con Copérnico, el Sol se convertía en el centro inmóvil del universo, y
la Tierra quedaba sometida a dos movimientos: el de rotación sobre sí
misma y el de traslación alrededor del Sol. No obstante, el universo
copernicano seguía siendo finito y limitado por la esfera de las
estrellas fijas de la astronomía tradicional.

Ilustración del modelo heliocéntrico en Sobre las revoluciones de los orbes celestes (1543)
Si bien le cabe a Copérnico el mérito de iniciar
la obra de destrucción de la astronomía tolemaica, en realidad su
objetivo fue muy limitado y tendía sólo a una simplificación del sistema
tradicional, que había llegado ya a un estado de insoportable
complejidad. En la evolución del sistema tolemaico, el progreso de las
observaciones había hecho necesarios unos ochenta círculos (epiciclos,
excéntricos y ecuantes) para explicar el movimiento de siete planetas
errantes, sin aportar, pese a ello, previsiones lo suficientemente
exactas. Dada esta situación, Copérnico intuyó que la hipótesis
heliocéntrica eliminaría muchas dificultades y haría más económico el
sistema; bastaba con sustituir la Tierra por el Sol como centro del
universo, manteniendo intacto el resto del esquema.
No todo era original en la obra de Copérnico. En la Antigüedad, pitagóricos como Aristarco de Samos habían realizado sobre bases metafísicas una primera formulación heliocéntrica. A lo largo del siglo XIV, Nicolás de Oresme
(1325-1382), Jean Buridan (muerto en 1366) o Alberto de Sajonia
(1316-1390) plantearon la posibilidad de que la Tierra se moviera. En
cualquier caso, Copérnico elaboró por primera vez un sistema
heliocéntrico de forma coherente, aunque su teoría fue menos el
resultado de la observación de datos empíricos que la formulación de
nuevas hipótesis a partir de una cosmovisión previa que tenía un
fundamento metafísico.
Este componente metafísico se manifiesta en al
menos tres aspectos. En primer lugar, Copérnico conectó con la tradición
neoplatónica de raíz pitagórica, tan querida por la escuela de Marsilio Ficino,
al otorgar al Sol una posición inmóvil en el centro del cosmos. Éste
era el lugar que realmente le correspondía por su naturaleza e
importancia como fuente suprema de luz y vida.
En segundo lugar, el movimiento copernicano de
planetas se asentaba sobre un imperativo geométrico. Copérnico seguía
pensando que los planetas, al moverse alrededor del Sol, describían
órbitas circulares uniformes. Este movimiento circular resultaba
naturalmente de la esfericidad de los planetas, pues la forma geométrica
más simple y perfecta era en sí misma causa suficiente para
engendrarlo.
Por último, el paradigma metafísico copernicano
se basaba en la íntima convicción de que la verdad ontológica de su
sistema expresaba a la perfección la verdadera armonía del universo. Es
notable que Copérnico justificase su revolucionario heliocentrismo con
la necesidad de salvaguardar la perfección divina (y la belleza) del
movimiento de los astros. Por ningún otro camino, afirmó, "he podido
encontrar una simetría tan admirable, una unión armoniosa entre los
cuerpos celestes". En el centro del cosmos, en el exacto punto medio de
las esferas cristalinas (cuya existencia jamás puso en duda Copérnico),
debe encontrarse necesariamente el Sol, porque él es la lucerna mundi,
la fuente de luz que gobierna e ilumina a toda la gran familia de los
astros. Y así como una lámpara debe colocarse en el centro de una
habitación, "en este espléndido templo, el universo, no se podría haber
colocado esa lámpara [el Sol] en un punto mejor ni mas indicado".
La revolución copernicana
Después de Copérnico, el danés Tycho Brahe
(1546-1601) propuso una tercera vía que combinaba los sistemas de
Tolomeo y Copérnico: hizo girar los planetas alrededor del Sol y éste
alrededor de la Tierra, con lo que ésta seguía ocupando el centro del
universo. Aunque Brahe no adoptó una cosmología heliocéntrica, legó sus
datos observacionales a Johannes Kepler
(1571-1630), un astrónomo alemán entregado por entero a la creencia de
que el sistema cosmológico copernicano revelaba la simplicidad y armonía
del universo.
Kepler, que expuso sus teorías en su libro La nueva astronomía
(1609), concebía la estructura y las relaciones de las órbitas
planetarias en términos de relaciones matemáticas y armonías musicales.
Asimismo, calculó que el movimiento planetario no era circular sino
elíptico, y que su velocidad variaba en relación con su proximidad al
Sol.
Paralelamente, las observaciones telescópicas de Galileo
(1564-1642) conducían al descubrimiento de las fases de Venus, que
confirmaban que este planeta giraba alrededor del sol; la defensa del
sistema copernicano llevaría a Galileo ante el Santo Oficio. Y antes de
terminar el siglo, Isaac Newton (1642-1727) publicaba los Principios matemáticos de la filosofía natural (1687), con sus tres «axiomas o leyes del movimiento» (las Leyes de Newton)
y la ley de la gravitación universal: el heliocentrismo copernicano
había llevado a la fundación de la física clásica, que daba cumplida
explicación de los fenómenos terrestres y celestes.
(Andries van Wiesel, también llamado Andrés Vesalio y
Andreas Vesalius; Bruselas, 1514 - Zante, Grecia, 1564) Médico y pionero
de la anatomía flamenco. Nacido en el seno de una familia de tradición
farmacéutica, estudió medicina en la Universidad de Lovaina (1529). En
1533 se trasladó a la Universidad de París, donde aún como alumno
alcanzó cierta notoriedad gracias a sus disecciones públicas. Tras una
breve estancia en Lovaina viajó a Padua, centro neurálgico de la
investigación médica europea, donde en 1537 fue nombrado catedrático de
anatomía; entre sus alumnos figuró Gabriel Falopio.
Andrés Vesalio

Ilustración del sistema muscular en De humani corporis fabrica (1453), de Andrés Vesalio
Pero la importancia de la aportación de
Copérnico no se agota en una contribución más o menos acertada a la
ciencia astronómica. La estructura del cosmos propuesta por Copérnico,
al homologar la Tierra con el resto de los planetas en movimiento
alrededor del Sol, chocaba frontalmente con los postulados escolásticos y
filosóficos de la época, que defendían la tradicional oposición entre
un mundo celeste inmutable y un mundo sublunar sujeto al cambio y al
movimiento. De este modo, las tesis de Copérnico fueron el primer paso
en la secularización progresiva de las concepciones renacentistas, que
empezaron a buscar una interpretación natural y racional de las
relaciones entre el universo, la Tierra y el hombre. Se abría la primera
brecha entre ciencia y magia, astronomía y astrología, matemática y
mística de los números.
Las profundas implicaciones del nuevo sistema
alcanzaban así a la metodología científica en su conjunto, y también a
la mentalidad y a las convicciones religiosas y filosóficas de toda una
época. Tal y como lo resume el moderno historiador de la ciencia Thomas Kuhn (La revolución copernicana,
1957), al final de este proceso, los hombres, "convencidos de que su
residencia terrestre no era más que un planeta girando ciegamente
alrededor de una entre miles de millones de estrellas, valoraban su
posición en el esquema cósmico de manera muy diferente a la de sus
predecesores, quienes en cambio consideraban a la Tierra como el único
centro focal de la creación divina". De ahí que, cinco siglos después,
la lengua siga reteniendo la expresión giro copernicano para designar un cambio de magnitudes drásticas en una situación o modo de pensar.
ANDRES VESALIO
(Andries van Wiesel, también llamado Andrés Vesalio y
Andreas Vesalius; Bruselas, 1514 - Zante, Grecia, 1564) Médico y pionero
de la anatomía flamenco. Nacido en el seno de una familia de tradición
farmacéutica, estudió medicina en la Universidad de Lovaina (1529). En
1533 se trasladó a la Universidad de París, donde aún como alumno
alcanzó cierta notoriedad gracias a sus disecciones públicas. Tras una
breve estancia en Lovaina viajó a Padua, centro neurálgico de la
investigación médica europea, donde en 1537 fue nombrado catedrático de
anatomía; entre sus alumnos figuró Gabriel Falopio. Andrés Vesalio
A medida que ampliaba sus conocimientos
empíricos sobre anatomía, empezó a cuestionarse muchos de los principios
médicos vigentes en su época, que emanaban directamente de la autoridad
a la sazón indiscutible del griego Galeno.
Partió de la hipótesis de que la doctrina anatómica galénica no
procedía de la experiencia directa con cuerpos humanos, perseguida por
la religión católica, sino de la extrapolación de observaciones
animales, especialmente de monos, perros y cerdos.
Alrededor de 1540 empezó a elaborar su propio
tratado de anatomía; y para contar con los mejores ilustradores, se
desplazó a Venecia, donde a lo que parece encargó la tarea al taller del
gran artista Tiziano. Los dibujos se grabaron sobre varios bloques de
madera que llevó a Basilea, donde su obra Sobre la estructura del cuerpo humano (De humani corporis fabrica), conocida como De fabrica por contracción del original latino, fue finalmente impresa en 1543.

Ilustración del sistema muscular en De humani corporis fabrica (1453), de Andrés Vesalio
Dicha obra puede considerarse como el primer
tratado moderno de anatomía, tanto por su claridad como por el rigor
expositivo de sus contenidos. Impresionado por su trabajo, el emperador
Carlos I lo nombró su médico personal. Tras la renuncia del emperador al
trono de España, Vesalio se trasladó a Madrid para aceptar el puesto de
médico en la corte de Felipe II. En 1564 inició una peregrinación a
Tierra Santa; falleció durante el viaje de regreso.
MIGUEL SERVET
(Miguel Servetus; Villanueva de Sijena, España,
1511-Champel, Suiza, 1553) Teólogo y médico español. Mientras cursaba
estudios en Barcelona trabó amistad con el confesor de Carlos I fray
Juan de Quintana, quien lo acogió a su servicio y viajó con él a Roma en
1530 con motivo de la coronación del emperador. Seguidamente abandonó a
su mentor e inició una larga peregrinación por diferentes ciudades
europeas (Lyon, Ginebra, Basilea), donde polemizó con algunos líderes
reformistas como Johannes Ecolampadio o Martín Bucer.
En 1531 y 1532 aparecieron dos obras suyas en
las que intentó dilucidar las cuestiones teológicas relativas a la
Santísima Trinidad, y abogó por una visión muy personal que consideraba a
Jesús como una divinidad deseada por el Padre y, en consecuencia, con
un origen simultáneo al acto físico del nacimiento. Esta concepción,
inmediato precedente del unitarismo, le enfrentó tanto a los católicos
como a los protestantes, viéndose obligado a publicar una formulación
revisada de la misma apenas un año después.
En 1537
se matriculó en la Universidad de París para estudiar medicina, pero un
tratado de astrología en el que defendía la influencia de las estrellas
en la salud humana lo enfrentó a la comunidad médica profesional. Su
amistad personal con el arzobispo de Vienne le permitió entrar a su
servicio como médico personal.
En 1546 envió a Calvino una copia de su trabajo más importante, Christianismi Restitutio,
de carácter fundamentalmente teológico pero que pasó a la posteridad
por contener en su Libro V la primera exposición de la circulación
pulmonar o menor. Tras leer dicha obra, Calvino denunció a Servet ante
la Inquisición de Lyon, lo que provocó la huida apresurada de éste.

Miguel Ángel (retrato de Baccio Bandinelli, 1522)
Quizás por ello su existencia fue una continua lucha, un esfuerzo
desesperado por no ceder ante los hombres ni ante las circunstancias.
Acostumbraba
a decir en sus últimos días que para él la vida había sido una batalla
constante contra la muerte. Fue una batalla de casi
noventa años, una lucha incruenta cuyo resultado no fueron ruinas y
cadáveres, sino algunas de las más bellas y grandiosas obras de
arte que la humanidad afortunadamente ha conocido.
En Caprese, hermosa aldea rodeada de prados y encinares, nació el 6 de marzo de 1475 Miguel Ángel, hijo de Ludovico Buonarroti y de Francesa di Neri di Miniato del Sera. Su padre descendía de artesanos y, quizás por ello, siempre se opuso a la vocación de su hijo; consideraba que el comercio era mucho más rentable y distinguido que cualquier actividad manual plebeya. Miguel Ángel siempre estuvo agradecido a su nodriza, mujer de un cincelador, pues aseguraba que con su leche había mamado "el escoplo y el mazo para hacer las estatuas".
En
una fatal etapa en Ginebra, camino de Italia, Servet fue reconocido y,
tras ser detenido y juzgado, fue condenado a morir en la hoguera. Su
muerte suscitó una fuerte polémica en el frente protestante sobre la
aplicación de la pena capital por razones de supuesta herejía.
MIGUEL ANGEL BUONARRTI
Michelangelo Buonarroti fue un hombre solitario, iracundo y soberbio, constantemente desgarrado por sus pasiones y su genio. Dominó las cuatro nobles artes que solicitaron de su talento: la escultura, la pintura, la arquitectura y la poesía, siendo en esto parangonable a otro genio polifacético de su época, Leonardo da Vinci. Durante su larga vida amasó grandes riquezas, pero era sobrio en extremo, incluso avaro, y jamás disfrutó de sus bienes. Si Hipócrates afirmó que el hombre es todo él enfermedad, Miguel Ángel encarnó su máxima fiel y exageradamente, pues no hubo día que no asegurase padecer una u otra dolencia.

Miguel Ángel (retrato de Baccio Bandinelli, 1522)
En Caprese, hermosa aldea rodeada de prados y encinares, nació el 6 de marzo de 1475 Miguel Ángel, hijo de Ludovico Buonarroti y de Francesa di Neri di Miniato del Sera. Su padre descendía de artesanos y, quizás por ello, siempre se opuso a la vocación de su hijo; consideraba que el comercio era mucho más rentable y distinguido que cualquier actividad manual plebeya. Miguel Ángel siempre estuvo agradecido a su nodriza, mujer de un cincelador, pues aseguraba que con su leche había mamado "el escoplo y el mazo para hacer las estatuas".
Cuando siendo apenas un adolescente el joven Buonarroti se trasladó a
Florencia, la ciudad vivía uno de sus momentos más esplendorosos.
Lorenzo de Médicis, llamado el Magnífico, reinaba sobre los florentinos
impregnándolo todo de belleza y sabiduría. Refinado
y abrumadoramente inteligente, Lorenzo era un extraordinario príncipe
poeta, considerado un erudito por los helenistas, un guerrero
invencible
por los soldados y un amante insuperable por los libertinos.
En la corte de este dechado de virtudes, rodeado de pensadores de la
talla de Pico della Mirandola, Poliziano o Marsilio Ficino, y junto a
maestros
como Ghirlandaio o Sandro Botticelli, Miguel Ángel dio sus primeros
pasos por el rutilante camino de las bellas artes. En el jardín de San
Marcos, que Lorenzo había hecho decorar con antiguas estatuas, el joven
escultor pudo estudiar a los autores del pasado e imbuirse de su
técnica.
El lugar se había convertido en una especie de academia al aire libre
donde los jóvenes se ejercitaban bajo la dirección de un discípulo
de Donatello, el maestro Bertoldo. El talento precoz de Miguel Ángel se
reveló al cincelar una cabeza de fauno que suscitó el interés
del propio príncipe, siempre en busca de nuevos valores a los que acoger
bajo su protección. Inmediatamente, Miguel Ángel ingresó en
la reducida y selecta nómina de sus favoritos.
Un día, mientras Miguel Ángel admiraba los frescos de Masaccio en el claustro de la iglesia del Carmine junto a Pietro Torrigiano, amigo y condiscípulo, surgió entre ambos una agria disputa. A Buonarroti le fascinaba la plasticidad de las figuras, que casi poseían relieve; para Torrigiano, los frescos carecían de brillantez y expresividad. La discusión acabó en reyerta: los muchachos intercambiaron algunos golpes y Pietro propinó a Miguel Ángel un puñetazo que le fracturó la nariz. El rostro de nuestro héroe quedó marcado por esa pequeña deformidad, que le amargaría en lo sucesivo. Sin embargo, un dolor aún mayor se adueñó de su corazón a raíz de la súbita muerte de Lorenzo el Magnífico, sobrevenida cuando el príncipe acababa de cumplir cuarenta y tres años. Ni Florencia ni Miguel Ángel volverían a ser como antes.
Tras la desaparición del Magnífico, Buonarroti dejó la corte y regresó a la casa paterna durante algunos meses. El nuevo señor de la ciudad, Piero de Médicis, tardó en acordarse de él, y cuando lo hizo fue para proponerle una efímera fama mediante un encargo sorprendente: había nevado en Florencia y quiso que Miguel Ángel modelara en el patio de su palacio una gran estatua de nieve. El blanco monumento fue tan de su agrado que, de un día para otro, el artista se convirtió por voluntad suya en un notorio personaje. Miguel Ángel aceptó los honores en silencio, ocultando el rencor que le producía tal afrenta, y luego decidió marcharse de Florencia antes que seguir soportando a aquel estúpido que en nada se parecía a su predecesor.

La Piedad (1498-1499)
Además, negros nubarrones se cernían sobre la ciudad. Los ejércitos
franceses y españoles luchaban muy cerca de las murallas
y, en el interior, un terrible fraile dominico llamado Girolamo
Savonarola agitaba a las masas con su verbo ardiente contra el lujo
pagano de los Médicis.
Piero de Médicis acabó huyendo y Savonarola se apresuró a instaurar una
república teocrática, pródiga en autos
de fe y piras purificadoras donde se consumían libros, miniaturas, obras
de arte y otros objetos impuros. Miguel Ángel nunca olvidó las
prédicas de aquel iluminado, ni las llamas que terminaban para siempre
con el sueño de una Florencia joven, alegre, culta y confiada.
Buonarroti se trasladó por primera vez a Roma en 1496. Allí estudió a fondo el arte clásico y esculpió dos de sus mejores obras juveniles: el delicioso Baco y la conmovedora Piedad, en las que su personalísimo estilo empezaba a manifestarse de manera rotunda e incontrovertible. Luego, de regreso a Florencia, acometió uno de sus proyectos más valientes, aceptando un desafío que ningún creador había osado hasta entonces: trabajar en un bloque de mármol de casi cinco metros de altura que yacía abandonado desde un siglo antes en la cantera del "duomo" florentino. Con abrumadora seguridad, Miguel Ángel hizo surgir de él el monumental David, como si la figura se hallase desde siempre en el interior de la piedra, creando para sus contemporáneos una imagen orgullosa e impresionante del joven héroe, en clara rivalidad con las dulces y adolescentes representaciones anteriores de Donatello y Verrocchio.
En marzo de 1505 el artista fue requerido de nuevo en Roma por el papa Julio II. Se trataba de un pontífice de fuerte personalidad, vigoroso y tenaz, que iba a presidir el gran momento artístico e intelectual de la Roma renacentista, en la que destacarían por encima de todos dos artistas sublimes: Miguel Ángel Buonarroti y Rafael Sanzio de Urbino.
Julio II encargó a Buonarroti la realización de su monumento funerario. El proyecto original elaborado por Miguel Ángel preveía un vasto conjunto escultórico y arquitectónico con más de cuarenta estatuas destinadas a enaltecer el triunfo de la Iglesia. Pero algunos consejeros interesados susurraron al oído del papa que no podía ser de buen agüero construirse un mausoleo en vida, y Julio II arrinconó el proyecto de su monumento funerario para dedicarse a los planos que Bramante había realizado para la nueva basílica de San Pedro.

La creación de Adán (Capilla Sixtina, 1508-1512)
Miguel Ángel, despechado, abandonó Roma dispuesto a no regresar nunca
más. Sin embargo, en mayo de 1508 aceptó un nuevo
cometido del papa, quien deseaba mitigar su disgusto y compensarle de
algún modo confiándole la decoración de la Capilla Sixtina.
Miguel Ángel aceptó, aunque estaba seguro de que el inspirador del nuevo
encargo no podía ser otro que Bramante,
su enemigo y competidor, que ansiaba verle fracasar como fresquista para sustituirle por su favorito, Rafael.
Pero Buonarroti no se arredró. Tras mandar construir un portentoso andamio que no tocaba la pared de la Sixtina por ningún punto, despidió con soberbia infinita a los expertos que se habían ofrecido a aconsejarle y comenzó los trabajos completamente solo, ocultándose de todas las miradas y llegando a enfermar del esfuerzo que suponía pintar durante horas recostado en aquellas duras tablas a la luz de un simple candil.
Sólo Julio II estaba autorizado a contemplar los progresos de Miguel Ángel y, aunque el artista trabajaba con rapidez, el pontífice comenzó a impacientarse, pues sentía cercano el día de su muerte. "¿Cuándo terminaréis?", preguntaba el papa, y Miguel Ángel respondía: "¡Cuando acabe!" En cierta ocasión, el Santo Padre amenazó a Buonarroti con tirarle del andamio, y éste repuso que estaba dispuesto a abandonar Roma y dejar los frescos inacabados. Las disputas entre ambos menudearon a lo largo de los cuatro años que duró la decoración de la bóveda de la capilla, concluida finalmente el día de Todos los Santos de 1512, cuatro meses antes del fallecimiento de Julio II.
Un día, mientras Miguel Ángel admiraba los frescos de Masaccio en el claustro de la iglesia del Carmine junto a Pietro Torrigiano, amigo y condiscípulo, surgió entre ambos una agria disputa. A Buonarroti le fascinaba la plasticidad de las figuras, que casi poseían relieve; para Torrigiano, los frescos carecían de brillantez y expresividad. La discusión acabó en reyerta: los muchachos intercambiaron algunos golpes y Pietro propinó a Miguel Ángel un puñetazo que le fracturó la nariz. El rostro de nuestro héroe quedó marcado por esa pequeña deformidad, que le amargaría en lo sucesivo. Sin embargo, un dolor aún mayor se adueñó de su corazón a raíz de la súbita muerte de Lorenzo el Magnífico, sobrevenida cuando el príncipe acababa de cumplir cuarenta y tres años. Ni Florencia ni Miguel Ángel volverían a ser como antes.
Tras la desaparición del Magnífico, Buonarroti dejó la corte y regresó a la casa paterna durante algunos meses. El nuevo señor de la ciudad, Piero de Médicis, tardó en acordarse de él, y cuando lo hizo fue para proponerle una efímera fama mediante un encargo sorprendente: había nevado en Florencia y quiso que Miguel Ángel modelara en el patio de su palacio una gran estatua de nieve. El blanco monumento fue tan de su agrado que, de un día para otro, el artista se convirtió por voluntad suya en un notorio personaje. Miguel Ángel aceptó los honores en silencio, ocultando el rencor que le producía tal afrenta, y luego decidió marcharse de Florencia antes que seguir soportando a aquel estúpido que en nada se parecía a su predecesor.

La Piedad (1498-1499)
Buonarroti se trasladó por primera vez a Roma en 1496. Allí estudió a fondo el arte clásico y esculpió dos de sus mejores obras juveniles: el delicioso Baco y la conmovedora Piedad, en las que su personalísimo estilo empezaba a manifestarse de manera rotunda e incontrovertible. Luego, de regreso a Florencia, acometió uno de sus proyectos más valientes, aceptando un desafío que ningún creador había osado hasta entonces: trabajar en un bloque de mármol de casi cinco metros de altura que yacía abandonado desde un siglo antes en la cantera del "duomo" florentino. Con abrumadora seguridad, Miguel Ángel hizo surgir de él el monumental David, como si la figura se hallase desde siempre en el interior de la piedra, creando para sus contemporáneos una imagen orgullosa e impresionante del joven héroe, en clara rivalidad con las dulces y adolescentes representaciones anteriores de Donatello y Verrocchio.
En marzo de 1505 el artista fue requerido de nuevo en Roma por el papa Julio II. Se trataba de un pontífice de fuerte personalidad, vigoroso y tenaz, que iba a presidir el gran momento artístico e intelectual de la Roma renacentista, en la que destacarían por encima de todos dos artistas sublimes: Miguel Ángel Buonarroti y Rafael Sanzio de Urbino.
Julio II encargó a Buonarroti la realización de su monumento funerario. El proyecto original elaborado por Miguel Ángel preveía un vasto conjunto escultórico y arquitectónico con más de cuarenta estatuas destinadas a enaltecer el triunfo de la Iglesia. Pero algunos consejeros interesados susurraron al oído del papa que no podía ser de buen agüero construirse un mausoleo en vida, y Julio II arrinconó el proyecto de su monumento funerario para dedicarse a los planos que Bramante había realizado para la nueva basílica de San Pedro.

La creación de Adán (Capilla Sixtina, 1508-1512)
Pero Buonarroti no se arredró. Tras mandar construir un portentoso andamio que no tocaba la pared de la Sixtina por ningún punto, despidió con soberbia infinita a los expertos que se habían ofrecido a aconsejarle y comenzó los trabajos completamente solo, ocultándose de todas las miradas y llegando a enfermar del esfuerzo que suponía pintar durante horas recostado en aquellas duras tablas a la luz de un simple candil.
Sólo Julio II estaba autorizado a contemplar los progresos de Miguel Ángel y, aunque el artista trabajaba con rapidez, el pontífice comenzó a impacientarse, pues sentía cercano el día de su muerte. "¿Cuándo terminaréis?", preguntaba el papa, y Miguel Ángel respondía: "¡Cuando acabe!" En cierta ocasión, el Santo Padre amenazó a Buonarroti con tirarle del andamio, y éste repuso que estaba dispuesto a abandonar Roma y dejar los frescos inacabados. Las disputas entre ambos menudearon a lo largo de los cuatro años que duró la decoración de la bóveda de la capilla, concluida finalmente el día de Todos los Santos de 1512, cuatro meses antes del fallecimiento de Julio II.
A juicio de Giorgio Vasari,
historiador del arte, arquitecto y pintor contemporáneo de Miguel
Ángel, los frescos de la
Capilla Sixtina eran "una obra cumbre de la pintura de todos los
tiempos, con la que se desvanecían las tinieblas que durante siglos
habían
rodeado a los hombres y oscurecido el mundo". Julio II, en su lecho de
muerte, se declaró feliz porque Dios le había dado fuerzas para
ver terminada la obra de Miguel Ángel, pudiendo así conocer de antemano a
través de ella cómo era el reino de los cielos.
Buonarroti se había inspirado en la forma real de la bóveda para
insertar en ella gigantescas imágenes de los profetas y las sibilas,
situando más arriba el desarrollo de la historia del Génesis y dejando
la parte inferior para las figuras principales de la salvación
de Israel y de los antepasados de Cristo. Mediante una inmensa variedad
de perspectivas y la adaptación libre de cada personaje a la profundidad
de la bóveda, Miguel Ángel consiguió crear uno de los conjuntos más
asombrosos de toda la historia del arte, una obra de suprema
belleza cuya contemplación sigue siendo hoy una experiencia inigualable.
Desaparecido Julio II y finalizada la Capilla Sixtina, Miguel Ángel quiso reemprender los trabajos para el mausoleo del pontífice, pero una serie de modificaciones sobre el proyecto primitivo y de pleitos con los herederos del fallecido impidieron su consecución, lo que contribuyó a mortificar su ya de por sí amargado carácter. De la célebre tumba quedarían tan sólo dos obras, insignificantes comparadas con la grandiosidad del conjunto pero extraordinarias por sí mismas: los portentosos Esclavos que se conservan en el Museo del Louvre y el famoso Moisés, que expresa con su atormentada energía el mismo ideal de majestad que había inspirado las figuras de la Capilla Sixtina.
A partir de 1520 trabajaría principalmente en la Capilla Médicis de San Lorenzo, preparando los sepulcros de los hermanos Juliano y Lorenzo de Médicis y de sus descendientes homónimos, Juliano, duque de Nemours, y Lorenzo, duque de Urbino. Es una de sus obras más orgánicas y armoniosas, en la que arquitectura y escultura se funden en un todo excepcionalmente unitario y equilibrado. Las estatuas del Día, la Noche, la Aurora y el Crepúsculo están envueltas en un halo de misteriosa hermosura que ya en su tiempo y durante siglos sería objeto de conjeturas e interpretaciones contradictorias.

La Noche (1526-1531)
Miguel Ángel, halagado por la admiración que suscitaban y a la vez cansado de escuchar hipótesis sobre lo que podían significar,
quiso dar voz a sus esculturas y acallar a los parlanchines que tanto disputaban con estos hermosos y delicados versos:
Vittoria Colonna representó, para el alma desilusionada y solitaria de Miguel Ángel, un consuelo y un remanso de paz; se erigió en guía espiritual y moral del artista y dio un nuevo sentido a su vida. Incluso después de la muerte de su amiga, quizás el único ser que supo comprenderle y amarle, Miguel Ángel mantuvo una actitud muy distinta al constante y angustiado batallar que había caracterizado hasta entonces su existencia, con lo que pudo afrontar con un insólito sosiego el paso de la madurez a la ancianidad.
En los últimos años de su vida, Buonarroti se reveló como un gran arquitecto. Fue en 1546 cuando el papa Paulo III le confió la dirección de las obras de San Pedro en sustitución de Sangallo. Primero transformó la planta central de Bramante y luego proyectó la magnífica cúpula, que no vería terminada.
La cúpula de la Basílica de San Pedro, una de las piezas más perfectas y más felizmente unitarias jamás concebidas, es junto al proyecto de la Plaza del Campidoglio y al Palacio Farnesio la culminación de las ideas constructivas de Miguel Ángel, que en este aspecto se mostró, si cabe, aún más audaz y novedoso que en el ámbito de la pintura o la escultura. En su arquitectura buscaba ante todo el contraste entre luces y sombras, entre macizos y vacíos, logrando lo que los críticos han denominado "fluctuación del espacio" y anticipándose a las grandes creaciones barrocas que más tarde llevarían a cabo grandes artistas como Bernini o Borromini.

Cúpula de la Basílica de San Pedro
A partir de 1560, el polifacético e hipocondríaco genio comenzó a
padecer una serie de dolencias y achaques propios de la ancianidad.
Mientras los expertos empezaban a considerarle superior a los clásicos
griegos y romanos y sus detractores le acusaban de falta de mesura y
naturalidad,
Buonarroti se veía obligado a guardar cama y era víctima de frecuentes
desvanecimientos. A finales de 1563 se le desencadenó un proceso
arteriosclerótico que le mantuvo prácticamente inmóvil hasta su muerte.
Poco antes, aún tuvo tiempo de reunir, ayudado por
su discípulo Luigi Gaeta, cuantos bocetos, maquetas y cartones había
diseminados por su taller, con objeto de quemarlos para que nadie
supiese
jamás cuáles habían sido los postreros sueños artísticos del genio.
Apenas dos meses después, el 18 de febrero de 1564, se extinguió lentamente. Sus últimas palabras fueron: "Dejo mi alma en manos de Dios, doy mi cuerpo a la tierra y entrego mis bienes a mis parientes más próximos." Cuatro hombres le acompañaron en esos instantes: Daniello da Volterra, Tomaso dei Cavalieri y Luigi Gaeta, sus más fieles ayudantes, y su criado Antonio, que fue el único capaz de cerrar sus párpados cuando expiró. Con él moría toda una época y concluía ese portentoso momento histórico que conocemos como Renacimiento italiano.
Su epitafio bien podría ser aquel que el mismo Miguel Ángel escribió para su amigo Cechino dei Bracci, desaparecido en la flor de la edad:
Por siempre de la muerte soy, y vuestro
sólo una hora he sido; con deleite
traje belleza, mas dejé tal llanto
que valiérame más no haber nacido.
Desaparecido Julio II y finalizada la Capilla Sixtina, Miguel Ángel quiso reemprender los trabajos para el mausoleo del pontífice, pero una serie de modificaciones sobre el proyecto primitivo y de pleitos con los herederos del fallecido impidieron su consecución, lo que contribuyó a mortificar su ya de por sí amargado carácter. De la célebre tumba quedarían tan sólo dos obras, insignificantes comparadas con la grandiosidad del conjunto pero extraordinarias por sí mismas: los portentosos Esclavos que se conservan en el Museo del Louvre y el famoso Moisés, que expresa con su atormentada energía el mismo ideal de majestad que había inspirado las figuras de la Capilla Sixtina.
A partir de 1520 trabajaría principalmente en la Capilla Médicis de San Lorenzo, preparando los sepulcros de los hermanos Juliano y Lorenzo de Médicis y de sus descendientes homónimos, Juliano, duque de Nemours, y Lorenzo, duque de Urbino. Es una de sus obras más orgánicas y armoniosas, en la que arquitectura y escultura se funden en un todo excepcionalmente unitario y equilibrado. Las estatuas del Día, la Noche, la Aurora y el Crepúsculo están envueltas en un halo de misteriosa hermosura que ya en su tiempo y durante siglos sería objeto de conjeturas e interpretaciones contradictorias.

La Noche (1526-1531)
Fue precisamente en esta época cuando Miguel Ángel empezó a prodigarse como poeta. En 1536 emprendió la realización de un grandioso fresco destinado a cubrir la pared del altar de la Capilla Sixtina: el Juicio Final. Ese mismo año conoció a Vittoria Colonna, marquesa de Pescara. A ella iba a dedicarle sus mejores sonetos, en los que refleja al mismo tiempo su pasión platónica y su admiración por la que sería la única mujer de su vida.Me es grato el sueño y más ser de piedra;
mientras dura el engaño y la vergüenza,
no sentir y no ver me es gran ventura;
mas tú no me despiertes; ¡habla bajo!
Vittoria Colonna representó, para el alma desilusionada y solitaria de Miguel Ángel, un consuelo y un remanso de paz; se erigió en guía espiritual y moral del artista y dio un nuevo sentido a su vida. Incluso después de la muerte de su amiga, quizás el único ser que supo comprenderle y amarle, Miguel Ángel mantuvo una actitud muy distinta al constante y angustiado batallar que había caracterizado hasta entonces su existencia, con lo que pudo afrontar con un insólito sosiego el paso de la madurez a la ancianidad.
En los últimos años de su vida, Buonarroti se reveló como un gran arquitecto. Fue en 1546 cuando el papa Paulo III le confió la dirección de las obras de San Pedro en sustitución de Sangallo. Primero transformó la planta central de Bramante y luego proyectó la magnífica cúpula, que no vería terminada.
La cúpula de la Basílica de San Pedro, una de las piezas más perfectas y más felizmente unitarias jamás concebidas, es junto al proyecto de la Plaza del Campidoglio y al Palacio Farnesio la culminación de las ideas constructivas de Miguel Ángel, que en este aspecto se mostró, si cabe, aún más audaz y novedoso que en el ámbito de la pintura o la escultura. En su arquitectura buscaba ante todo el contraste entre luces y sombras, entre macizos y vacíos, logrando lo que los críticos han denominado "fluctuación del espacio" y anticipándose a las grandes creaciones barrocas que más tarde llevarían a cabo grandes artistas como Bernini o Borromini.

Cúpula de la Basílica de San Pedro
Apenas dos meses después, el 18 de febrero de 1564, se extinguió lentamente. Sus últimas palabras fueron: "Dejo mi alma en manos de Dios, doy mi cuerpo a la tierra y entrego mis bienes a mis parientes más próximos." Cuatro hombres le acompañaron en esos instantes: Daniello da Volterra, Tomaso dei Cavalieri y Luigi Gaeta, sus más fieles ayudantes, y su criado Antonio, que fue el único capaz de cerrar sus párpados cuando expiró. Con él moría toda una época y concluía ese portentoso momento histórico que conocemos como Renacimiento italiano.
Su epitafio bien podría ser aquel que el mismo Miguel Ángel escribió para su amigo Cechino dei Bracci, desaparecido en la flor de la edad:
Por siempre de la muerte soy, y vuestro
sólo una hora he sido; con deleite
traje belleza, mas dejé tal llanto
que valiérame más no haber nacido.





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